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Ambientación Medieval

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Ambientación Medieval

Mensaje por Usurero el Lun Sep 26, 2011 6:38 pm


En este apartado se facilita información acerca de la época Medieval, con el fin de ampliar la visión del usuario y ser aplicada On-rol. No es obligación leerla, pero se puede recurrir a ella en caso de ser necesario.

También está disponible un Glosario para las palabras técnicas que este apartado pueda poseer.




En gran parte de la Europa medieval la sociedad estaba organizada según un sistema feudal, el cual se basaba en la asignación de tierras a cambio de servicios prestados. El rey hacía concesiones de tierras –feudos- a sus nobles más importantes (barones y obispos) y, como contrapartida, cada noble prometía al rey un suministro de soldados en tiempo de guerra. El noble se comprometía a ser servidor del rey –vasallo- en una ceremonia especial, el homenaje: arrodillado ante el rey, hacía un juramento de fidelidad diciendo: “Señor, yo seré vuestro hombre”. Los grandes nobles dividían a menudo sus tierras entre señores inferiores, o caballeros, que se convertían en sus vasallos. Así, el feudalismo se extendía desde la cima hasta la base de la sociedad. En lo más bajo se hallaban los campesinos. Tenían pocos derechos, mínimas propiedades… y ningún vasallo.

El Rey
Pocos reyes tenían la fortuna necesaria para mantener un ejército permanente, y dependían de sus barones para obtener caballeros y soldados. Pero los reyes debían trabajar duro para mantener a sus barones bajo control.

Los Obispos
Los obispos podían ejercer tanto poder como los barones. Gobernaban sobre dominios llamados diócesis y sobre todos los religiosos y monasterios sitos en ellas. La recaudación regular de diezmos y otros impuestos, hizo de algunos obispos hombres inmensamente ricos.

Los Barones
Los barones eran los nobles más poderosos e influyentes, y recibían sus feudos directamente del rey. Algunos reyes disponían de 120 barones, y cada uno ofrecía al rey un ejército potencial de 5000 hombres.

Los Señores
Gobernaban sobre feudos o señoríos, arrendando la mayor parte de sus tierras a los campesinos que trabajaban para ellos. También eran los guerreros de la sociedad medieval. Como caballeros, estaban obligados por juramento a servir a los grandes nobles que garantizaban sus feudos, y podían ser llamados al combate en cualquier momento.

Campesinos
Los campesinos estaban en la base de la pirámide feudal. La mayoría de ellos trabajaban para un señor que les permitía cultivar una porción de terreno para ellos mismos como retribución por su trabajo.

Gitanos
Los gitanos eran mal mirados en la sociedad feudal porque no se incluían en estas. Viajaban de un lado a lado con cierto itinerario, viviendo del cambio de magia por alimentación o dinero. Eran muy conocidos por sus técnicas curativas y de maleficio.


La plebe tenía pocos derechos en la Edad Media. Quienes quebrantaban la ley eran juzgados en la corte de su señor, que tenía un poder casi absoluto sobre ellos. Los castigos eran duros: según la naturaleza de su delito, un criminal convicto podía ser arrastrado por un caballo, azotado, encerrado en el cepo o ahorcado. Pero estar en lo alto del sistema feudal no siempre garantizaba mejor tratamiento. En ocasiones, señores y barones debían pagar a su rey grandes sumas de dinero para obtener un juicio justo. La iglesia medieval tenía su propio sistema judicial con sus propias leyes (derecho canónico) y juzgados, que quedaban fuera de la jurisdicción real.


Los reyes medievales eran vistos como representantes de Dios en la tierra. La coronación era una imponente ceremonia religiosa en la que los arzobispos ungían al nuevo rey con óleo sagrado como signo de su estado.

Tasas por Hachas
Desde el 1100, muchos vasallos eran reacios a luchar por su rey. En lugar de ello, se les permitía pagar una suma en metálico, la “fonsadera”, que podía utilizarse para reclutar soldados. La fonsadera fue uno de los primeros tributos reguladores en dinero impuesto por reyes a sus nobles. Era regulado por un sistema de recaudadores.
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Según LA LEY, los campesinos medievales no se pertenecían a sí mismos. Todo, incluidas: tierras, animales, casas, ropas, e incluso su comida, eran propiedad del señor del feudo. Conocidos como siervos o villanos, los campesinos estaban obligados a trabajar para su señor quien, a cambio, les permitía labrar una parcela. Sus vidas se limitaban al trabajo. Muchos pasaban dificultades para producir lo necesario para alimentar a sus familias a la vez que cumplían las obligaciones para con el señor. Tenían prohibido abandonar el feudo sin permiso, así que el único medio para que un campesino ganara la libertad consistía en ahorrar dinero y comprar una parcela, o en casarse con una persona libre.

Rutina Diaria
Los campesinos trabajaban duramente, bajo el sol, la lluvia o la nieve, todos los días excepto los domingos y fiestas religiosas. Combinado con una dieta pobre, no es extraño que muchos campesinos no vivieran más allá de los 25 años.

Hágalo usted mismo
Los campesinos fabricaban algunas herramientas y utensilios, aunque el barro, las pieles y el hierro eran trabajados por artesanos expertos. Además de la lana y el cuero, el material más importante era el cuerno de vaca y cabra. Ligero y resistente, no absorbe los sabores como la madera, y su tallado es sencillo. Las cucharas de cuerno ahorraban el lavado; “con una lengüetada se mantendrán siempre tan limpias como un dado”.


La mayoría de los campesinos habitaban casas con muros de piedra, aunque a menudo se hacía un enfoscado de barro: urdimbres hechas con varas se cubrían con una mezcla de estiércol, paja y barro. El suelo interior era de tierra expuesta y aplanada. La mayor parte de las cabañas tenían solo una o dos estancias con mobiliario básico: un tablón con caballete como mesa, un baúl para la ropa y colchones de paja para dormir. En el centro de la estancia principal había un hogar de piedra pero sin chimenea, así que debían ser muy oscuras y llenas de humo.


Le mayor parte de la gente del campo vivía en un señorío, formado por un pueblo, la casa del señor, una iglesia y los cultivos circundantes. El señor gobernaba la comunidad y nombraba responsables para asegurarse de que los lugareños cumplieran con sus obligaciones, que incluían cultivar las tierras del señor, o reserva, y pagar rentas en especies. El señor actuaba también como juez en sus dominios, con poder para sancionar a quien incumplía la ley. Dado el aislamiento de los señoríos, los aldeanos debían producir ellos mismos todo lo necesario. Pocas mercancías llegaban del exterior, a excepción de sal para curar las carnes y hierro para herramientas. Los únicos visitantes eran buhoneros, peregrinos o soldados, y poca gente se alejaba alguna vez de su propio pueblo.

El Señor y la Señora
El señor y la señora del lugar debían supervisar la dirección de su casa y su patrimonio, pero también disponían de una buena cantidad de tiempo libre para practicar actividades de ocio. Sin embargo, el señor era, ante todo, un caballero, que además proporcionaba hombres para luchar por el rey cuando éste los necesitara.

La casa señorial
El señor y su familia habitaban una gran casa, a menudo construida de piedra. Estaba rodeada por jardines y cuadras, protegida por un alto muro y en ocasiones, por un foso. Al margen de la iglesia, la casa señorial era el centro de la vida comunitaria: su gran vestíbulo servía como tribunal y era lugar de encuentro para fiestas especiales, como las celebradas al acabar la cosecha o la Navidad.

El mayordomo y el baile
El señor confiaba el gobierno cotidiano del señorío a varios encargados. El más importante era el mayordomo, que organizaba el trabajo del campo, llevaba las cuentas de la hacienda y presidía el tribunal en ausencia de su señor. Los mayordomos recibían pagas generosas y eran figuras poderosas en la comarca. Al mayordomo le seguía en importancia el Baile. Normalmente, era un campesino, sin embargo, éste no era un siervo, sino un hombre libre que poseía su propia tierra. Se encargaba de asignar labores a los campesinos, vigilar el ganado de la reserva, y atender a la reparación de edificios y utensilios, para lo cual contrataba a artesanos expertos, como carpinteros y herreros.


Las casas medievales eran muy distintas a las nuestras. Los campesinos pasaban gran parte del día en el exterior, así que las corrientes de aire y la poca luz de las ventanas sin cubrir no eran problema. Evitaban el humo del hogar sentándose en banquetas bajas. Se iluminaban con juncos pelados untados en grasa. Todo se mantenía lo más limpio posible: los barridos constantes producían depresiones en los suelos de barro. La vida doméstica era más comunal que la nuestra; familias enteras se reunían para comer, dormir y pasar el tiempo libre en sus casas de una o dos estancias. Las casas adineradas eran mucho más elaboradas. Algunos nobles disponían de una estancia familiar privada: el solar. Lo pavimentaban con baldosas decoradas y colgaban brillantes tapices de sus muros.

Era posible juzgar el estatus de una familia mirando sus ventanas. Los pobres tenían pequeños vanos cubiertos con postigos de madera que podían cerrarse por la noche o en días fríos. Las más acomodadas podían permitirse ventanas con bastidor: celosías cubiertas con lino sumergido en resina y sebo que dejaban pasar la luz, evitaban las corrientes y podían ser retiradas cuando hacía buen tiempo.

Las grandes casas poseían retrete interior, que era un armario sobre un pozo negro. Para los campesinos existía una letrina exterior. El vidrio era caro, y solo las iglesias o los palacios regios podían darse ese lujo. En sustitución, los nobles solían recubrir las ventanas con cuerno pulido. Era más barato y resistente que el cristal, dejaba pasar la luz, aunque no se podía ver a través de él.

La cama más cómoda era la de los bebés de clase alta, ya que el tercio de los niños nacidos morían por enfermedades. Las murallas en las casa acaudaladas se cubrían de hermosas telas, tapices en cortina para conservar el calor. Al igual que las camas, en donde una cortina se cerraba en el dosel para dar también privacidad. Existían las camas nido. Y los colchones eran de plumas para los más ricos y rellenos de paja para los señores. Los campesinos no poseían estructura alguna.


Variaba según la posición social. Los nobles y mercaderes podían permitirse una amplia variedad de alimentos que incluían caras frutas secas, almendras y especias asiáticas. Aunque un poeta noble pensaba que los pobres deberían vivir de “ortigas, carrizos, brezo y cáscaras de guisante”, su dieta era normalmente algo mejor. El pueblo llano comía un pan basto y oscuro hecho de trigo mezclado con centeno o avena, verduras y carne, especialmente cerdo. Durante el invierno, tenían que usar carne y pescado que habían conservado en sal, y los cocineros se las ingeniaban para enmascarar el sabor, añadiendo al guiso avena, guisantes, judías o miga de pan. Vacas, ovejas y cabras proporcionaba leche para productos lácteos. Que eran conocidos como “carnes blancas”.

Según la iglesia, miércoles, viernes y sábados eran días de ayuno, durante los cuales se prohibía la carne. El pescado estaba permitido, y se convirtió en parte vital de la dieta. El pueblo llano comía arenque en salazón, anguilas frescas y mariscos. Los adinerados podían comer carpa o lucio de sus criadores, y gran variedad de pescado de río y mar.
La mayoría de la gente cocinaba en calderos de hierro que se colgaban de ganchos o se apoyaban sobre las brazas. Una vez cocinados, los trozos de carne se retiraban con un gancho apropiado. Luego añadían verduras y legumbres al caldo restante para hacer un “potaje” que constituía una parte básica de la dieta de todo el mundo. Este podía convertirse en “gachas”, una comida más consistente, mezclándolo con trigo, almendras machacadas y yemas de huevo.

Si bien en las familias plebeyas quien cocinaba era la mujer, en los grandes caseríos y castillos, los jefes de cocina eran siempre hombres. Asaban, tostaban y horneaban cantidades ingentes de comida en grandes hornos y fogones. De la limpieza se encargaba un pequeño ejército de pinches de cocina, o ayudantes.

Los animales eran guardados en la despensa, se colgaban desde clases de ave a ganado. Además de cordero, ternera y cerdo, había conejo, pato, paloma, venado y jabalí. Las hiervas aromáticas como la menta, la salvia, el romero y el perejil, se usaban para mejorar los sabores.

La cena era la comida más abundante del día. Los jefes de grandes palacios o señoríos se sentaban a la hora de comer, en las mesas más altas, y sus posiciones iban desde los más importantes hasta los menos, en una mesa baja. Se usaban manteles de lino, y se comía con las manos, acompañados por cuchillo y cuchara. El de más alto rango poseía utensilios exclusivos.


“Es claro –escribió un sacerdote francés- que el varón es mucho más noble y virtuoso que la mujer”. La iglesia medieval veía a las mujeres como inferiores a los hombres, y se las educaba para ser sumisas y obedientes para con padres y maridos. Pero la vida real de las mujeres en la Edad Media era bastante distinta. No todas permanecían calladamente en el hogar, pues muchas debían trabajar para sobrevivir. Las campesinas trabajaban los campos junto a sus maridos, además de alimentar y vestir a sus familias. Las esposas e hijas de los artesanos eran empleadas a menudo en los talleres, y con frecuencia trabajaban por su propia cuenta como mercaderes; las mujeres acaudaladas organizaban grandes haciendas y a veces dirigían los negocios de sus maridos.

Aunque las jóvenes solteras a menudo llevaban el cabello suelto, se esperaba que las mujeres casadas lo mantuvieran cubierto con una toca en señal de recato.
Muchas mujeres nobles solteras entraban en conventos donde vivían vidas similares a las monjas. Los conventos ofrecían a estas mujeres la posibilidad de llevar una vida devota, además de obtener una educación y asumir responsabilidades que les eran negadas en el mundo exterior. Como terratenientes y empleadoras, muchas abadesas fueron figuras importantes en sus comunidades.
Por otro lado, muchas mujeres asumían la responsabilidad de gobernar grandes haciendas cuando sus maridos morían en combate. Decidían en los conflictos locales, administraban las granjas y manejaban las finanzas. Algunas incluso entraron en combate, defendiendo sus castillos sitiados.


La corte real era centro y escaparate del reino. En ella demostraba su poder el monarca, con grandes ceremonias y banquetes, y en ella recaudaba impuestos, aclaraba querellas y dictaba leyes. Era especialmente importante para mantener el control sobre los poderosos barones. Se celebraban audiencias con todos los miembros del reino.

Cada corte tenía sus juglares, que cantaban tonadas amorosas o heroicas, acompañándose con el arpa o el laúd.


Nobles y damas de la corte pasaban sus horas de ocio con juegos de interior como el backgammon, el ajedrez y los dados.

El amor cortés es una moda en los círculos reales. Se trataba de un tipo de pasión artificial, con reglas estrictas. Debía ser mantenido en secreto, y uno de los amantes debía estar casado… con otra persona. Los caballeros nobles rendían culto a sus damas en la distancia, escribiendo largos poemas de amor, y prometían la realización de intrépidas hazañas por su amor.

La pompa y la ceremonia eran importantes en la vida de la corte. La falsa batalla, o torneo, era una espectacular forma de diversión palaciega muy popular. Bajo la mirada del rey, la reina y los palaciegos, grandes grupos de caballeros cargaban unos contra otros. Si eran derribados, continuaban combatiendo a pie. Los torneos eran peligrosos y sangrientos.
Aunque era mal visto por la iglesia, el juego con apuesta era uno de los pasatiempos medievales más extendidos. Las peleas de gallos y las persecuciones de osos.


Los primeros comerciantes medievales eran buhoneros que vagaban por pueblos y aldeas. Luego, en un prospero tiempo, se producían más bienes. Los mercaderes dejaron de ser simples aventureros errantes. Se convirtieron en distribuidores, patrones y tenderos que enviaban transportistas a lo largo de una red de rutas comerciales que enlazaba ciudades europeas. Los barcos de carga genovenses y venecianos recogían metales preciosos, sedas y otros objetos de lujo en el Mediterráneo oriental, para llevarlos hasta Inglaterra y Flandes (Bélgica). Allí cargaban lana, carbón y madera para el viaje de regreso. Las naves alemanas y holandesas llevaban hierro, cobre y plomo al Mediterráneo, y volvían con vino, aceite y sal.

Durante gran parte de la Edad Media el papel era escaso y la mayoría de la población no sabía leer ni escribir; así que los comerciantes hacían sus operaciones en un mostrador marcado con columnas. Se añadían fichas, o jettons, a una columnas hasta que alcanzaban cierto total (normalmente diez). Luego se retiraban y se seguía contando en la columna siguiente.


La mayoría de los artesanos tenían el taller en la planta baja de sus casas. Este servía también como tienda, y los productos terminados se exhibían en anaqueles colgados del muro. Al atardecer, se bajaban las persianas por seguridad.

Las calles eran estrechas, dentro de los muros de la ciudad el espacio era limitado, y las casas se construían muy juntas. Para maximizar el espacio, las plantas superiores se levantaban en voladizo, es decir, sobresalían de la planta baja. En algunos lugares, las casas de un lado casi tocaban a las de enfrente, haciendo que las calles fueran oscuras y sofocantes.


Tanto los plebeyos, como los nobles y la realeza esperaban con ansiedad las ferias y fiestas marcadas por días señalados del año. En los días santos, o festivos, como Navidad y Pascua, todos se tomaban tiempo libre para acudir a servicios religiosos especiales, banquetes y actos festivos. Las grandes ferias, a menudo coincidentes con los días de los santos, eran también motivo de diversión. Mercaderes llegados de toda Europa compraban y vendían productos, y eran amenizadas por músicos, acróbatas y actores. Otros acontecimientos especiales relacionados con la época del año eran la fiesta de mayo, la noche de San Juan y la fiesta de la cosecha.


La muerte estaba omnipresente para las gentes de la Edad Media. Los conocimientos médicos eran limitados y la esperanza de vida rondaba los 30 años. Guerras y hambrunas reclamaban miles de vidas en cada ocasión, y la enfermedad prosperaba en las sucias y atestadas calles.
En cirugía, la forma más habitual de intervención era la sangría, realizada por barberos cirujanos sin formación. La gente creía que restauraba el equilibrio de los fluidos del cuerpo, pero muy a menudo debilitaba gravemente a los enfermos.

La forma de dentista eran los sacamuelas, que quitaban las piezas podridas en los mercados semanales. El aliento se endulzaba con miel, con cilantro o comino. Los dentífricos se hacían a partir de jibión y concha de ostra, aunque también eran con fines cosméticos. Los polvos se guardaban en cuernos de carnero.

La medicina medieval se basaba más en el folclore y la superstición que en la observación científica. Muchos manuales de medicina recomendaban que las hierbas curativas fueran recogidas en los días mágicos del año, como el solsticio de verano. Sin embargo, muchas hierbas usadas en la época son empleadas aún hoy por los herboristas.

Pulmonaria

Debido al parecido de sus hojas con pulmones, se usaba para tratar afecciones del pecho.

Melisa

Esta planta era vista como una especie de elixir mágico que podía cura enfermedades graves. También se usaba con la fiebre y los resfriados, pues provoca sudoración.

Mejorana

Se usaba para hacer cataplasmas curativas que se aplicaban sobre hematomas e inflamaciones.

Matricaria

Esta planta de fuerte olor se usaba para tratar dolores de cabeza y ayudar en los partos.

Ajenjo

Se usaba para liberar de lombrices el sistema digestivo, y también se metía en la ropa para repeler pulgas.


La iglesia católica era el centro del mundo medieval. Era la única iglesia en Europa, y todos los cristianos pertenecían a ella. Con sus propias leyes, tierras e impuestos, era una institución poderosa. Gobernaba casi todos los aspectos del a vida, prácticos o espirituales. Ricos y pobres eran bautizados y se casaban en una iglesia, y asistían a misa cada domingo. Cuando morían, su clérigo les administraba los últimos sacramentos, y eran enterrados en terreno de la iglesia. Para muchos, la vida en la tierra era dura y corta, pero la Iglesia afirmaba que, si seguían las enseñanzas de Cristo, al final serían recompensados en el cielo. Esta idea otorgó a la Iglesia un enorme poder sobre el corazón y la mente de las gentes.

La iglesia enseñaba, que al morir una persona, sus buenas y malas acciones eran literalmente pesadas por Dios en la balanza. Su alma podía ser transportada al cielo por ángeles o arrastrada al infierno por demonios. El infierno era un lugar real y terrible para las gentes medievales.

Pocos eran los que desafiaban la autoridad de la Iglesia, pero quienes lo hacían eran severamente castigados. Los discrepantes con las enseñanzas de la Iglesia eran llamados herejes. Se arriesgaban a ser juzgados en una corte eclesiástica y, bajo las leyes especiales, podían ser torturado o quemados en la hoguera.


Las creencias medievales eran diversas, pero la más fuerte fue la llamada “pagana” por la iglesia. Consistía en antiguas convicciones sobre el significado causal de las cosas que se remontan a los pueblos germanos. Estas creencias fueron conservadas por brujas y hechiceros, también por gitanos, evocando a la naturaleza y entes benevolentes o malignos.


Las relaciones sexuales, durante la Edad Media, estaban marcadas por el orden establecido, fuera del cual, todo proceder era considerado contra natura y contra la recta razón y, en consecuencia, punible. La única unión carnal permitida era la de un hombre y una mujer unidos en santo matrimonio y con fines procreativos. Las restantes relaciones, como la barraganía, el comercio carnal, el adulterio, el amancebamiento de clérigos, el incesto, la homosexualidad o el bestialismo conducían a quienes las practicaban a los tribunales de Justicia. Ahora bien, cabría matizar el rigor legal desplegado contra algunas de estas relaciones, concretamente contra las dos primeras, toleradas como medio de evitar pecados de mayor consideración y alteraciones del orden público.

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